« Javierito comosista », por Bruno Adrie (En contra de Javier Marías, 2013)

En su último vaciado diegético etiquetado Los enamoramientos, Javier Marías recurre de modo desenfrenado a los « o », y a los « como si ». De momento no hemos tenido bastante ánimo como para contar los « o » pero sí hemos contado los « como si » y hemos comprobado con asombro que el muy novelistoso usa dicha expresión – que permite introducir una comparación o sencillamente inferir un motivo – 226 – ¡doscientas veintiséis! – veces. De ahí la denominación comosismo, acuñada por nosotros a imitación de los famosos leísmo y loísmo citados en las mejores gramáticas del Reino Español Editorializado, que hemos aplicado a esta peculiar enfermedad sintáctica típica – pero, lo saben los fieras, no es la única – de la prosa de Javier Marías.

Hemos sacado uno de los múltiples ejemplos de uso del « como si » ultra usado y le proponemos al lector el ejercicio siguiente que llamamos « imitación alargadora » y que consiste en llevar hasta sus extremos el comosismo del egregio novelista. Cada uno se enterará de que puede convertirse a los pocos minutos en una reencarnación pre mortem de Javier Marías. Sabrá transformar un relato inútil de veinte páginas en una novela basura de doscientas para mayor regocijo de la editorial Alfaguara, que se encontrará dentro de poco ante una manada de clonas javieritas y mariasinos en vía de satelización, capaces de hacer llover – ¿sendas? – novelas a un ritmo precipitado como si el tiempo se volviera cada vez más acelerado para los siglos de los siglos.

El lector sagaz notará que incluso cuando uno intenta imitar a Javier Marías, sólo consigue, a pesar de inhumanos esfuerzos, escribir mejor que él, de modo que se puede afirmar que nadie puede escribir como él, como dijo algún día uno de esos críticos sin rostros clientes de la Gran Mentira, esa hermana desfigurada y prostifalaria del Gran Hermano capitalista financiero y putífero.

Cita :

« —Hizo una pausa y encendió un cigarrillo, era el primero; los (sic) tenía a mano desde el principio pero no había alumbrado ninguno hasta entonces, como si se hubiera desacostumbrado a fumar, quizá lo había dejado una temporada y ahora había vuelto, o sólo a medias: los compraba pero procuraba evitarlos »

Imitación alargadora:

Hizo una pausa como si necesitara hacerla y encendió un cigarrillo como si no pudiera esperar más o seguir sin encenderlo. Creo que era el primero; los tenía a mano desde el principio pero no había alumbrado ninguno hasta entonces, como si se hubiera desacostumbrado a fumar, como si hubiera olvidado que lo había sacado del paquete o como si estuviera lloviendo y que no pudiera encenderlo bajo aquel repentino chubasco húmedo e imprevisible – la televisión no lo anuncia todo ni los televidentes la miran cada día porque uno trabaja o duerme, como si no pudiera mantener los ojos abiertos, o no duerme, como si no pudiera conciliar el sueño, y se queda tranquilo en casa, solito o con alguien, mirando el techo o las ventanas o no haciendo nada y la lluvia va arreciando y cayendo fría o helada, como si la fabricaran en el polo norte o en la Siberia lejana y la exportarán luego, en el instante, a aquel mismo sitio, lejanas las gotas primero y luego cercanas y las ve o las oye porque tal vez ha vuelto a cerrarlos y se arrojan alegres o furiosas, y atropelladamente, cada vez más numerosas y sonoras como si quisieran romper o hacer pedazos el cristal que retumba como si fuera una orquesta vuelta loca. Caen a ciegas de un más allá gris y atiborrado de nubarrones y plateado y se olvida de él y despierta, como si el sueño hubiera llegado a su fin, con el cigarrillo en la mano o en el suelo porque, cuando duerme, uno lo deja caer como si perdiera la capacidad de mantener la conciencia de los dedos mientras duerme, pero no siempre, y lo encuentra después, al abrir los ojos, en la moqueta como si el cigarrillo hubiera estado llamándolo y él lo hubiera oído sin oírle. Pero quizá no fumaba o lo había dejado una temporada o dos días o tres o un mes o diez años, ¿quién sabe? – uno se olvida de las fechas –, y, ahora, había vuelto, o sólo a medias o a cuartas o a octavas : los compraba pero procuraba evitarlos, como si fuera un tabú cruzar sumirada y los desconocía como si vivieran en una misma casa sin comunicarse y ellos seguían completos y sin fumar y sin razón de vivir, ya que su razón de vivir y esperanza es morir, morir quemando, morir mordidos y devorados por el fuego redentor nacido de la llama, y seguía así sin fumarlo bajo el cielo nuboso, de plomo oscuro o pardo, lleno de ronquedades amortiguadas por la distancia, como si el cielo fuera una espesa capa de odio contenido recorrido por corrientes de aguas negras y ruidosas, sobresaltadas y embravecidas de las que uno no puede desprenderse como si lo obsesionaran y se olvida del cigarrillo que sigue esperando en su anonimato forzoso y mudo – entre dedos olvidadizos – y espera él mismo a su vez recuperar la memoria para fumarlo, ¿por qué no?

Bruno Adrie

también publicado en la Fiera literaria de Manuel García Viñó

http://www.lafieraliteraria.com/index.php?option=com_content&view=article&id=704:javierito-comosista