Tsipras o el arte de mentir bien a fin de ganar tiempo, por Bruno Adrie

Después de haber voluntariamente saboteado la ocasión histórica de abandonar la zona euro e intentar escapar de la presión bancaria que, desde hace cinco años, aprieta al pueblo griego, el social demócrata Alexis Tsipras exigió la dimisión de Yanis Varufakis, ministro de economía presentado por las propagandas como un francotirador ultraísta, que no respeta los códigos sociales y tiene por objetivo derrocar una oligarquía griega encaramada desde una eternidad ante el inoxidable comedero de sus privilegios. Lo reemplazó por Euclides Tsakalotos, un millonario que se ganó una fortuna en unas inversiones acertadas realizadas con el mayor banco de Wall Street (J.P. Morgan) y con el mayor fondo de inversión del mundo (BlackRock). Luego, después de presentar increíbles disculpas a los “marxistas del mundo entero”, despidió a cinco ministros que se oponían al paquete de leyes dictadas por el sector bancario y votadas por su parlamento para perennizar la política del “sí” a las dos semanas de un referéndum que le había dicho “no” a la austeridad. La llegada al poder de Tsipras, en enero, había dado muchas esperanzas a los Griegos, quienes, aunque no querían que Grecia saliera del euro, reclamaban más justicia de parte del gobierno.

Hoy, Tsipras ya no encarna la posibilidad, para los Griegos, de salir de un marasmo en el cual otros les han sumergido para rescatar los bancos franceses y alemanes de un default que habría provocado su desplome. Entonces, ¿quién es, en realidad, este político, ayer considerado como un loco por los ignorantes y deshonrados comentaristas de los platós de televisión y que aparece hoy como el ejecutor de las tareas sucias de una mafia bancaria que no refrena sus deseos insaciables?

Dos versiones podrían ofrecerse.

La primera es la historia de un joven político idealista ante el cual se abren las puertas y que descubre poco a poco que le gusta el poder. La segunda, la un falso amigo del pueblo, de un lobo que anda disfrazado de oveja para conseguir el poder y prolongar, aunque finja desafiarlo, el reino de un sector financiero que no ha querido domar nunca.

Para muchos, la primera versión será la más fácil de admitir. Porque, uno puede comprender, sin perdonarle, que un hombre se olvide de hacer el sitio de Roma para dormirse en las delicias de Capúa; que se acostumbre al lujo, a la excitación de codearse con la alta sociedad y a la comodidad de las prebendas que cobra. Uno puede comprender, y sin embargo condenar, que se haya dejado vencer o convencer por un sistema demasiado poderoso, demasiado experimentado, demasiado dueño de los grandes vectores de la política, de la economía o de los medios de comunicación. Podrá ser descrito como un debutante, un muchacho de cuarenta años, idealista y ambicioso, caído, por falta de experiencia, en las redes de una vieja cortesana (la Eurozona) con cara embaucadora y boca susurrante de promesas tentadoras. Los imaginamos ahora abandonándose, ahogado entre los brazos de esta vieja amante carnívora, con sus uñas curvadas. Y nos decimos “¿Por qué no? Después de todo, ¡eso suena posible!” ante este guión romántico y negro, muy Barbey d’Aurevilly, ante este Bildungsroman que termina por una condenación.

La segunda versión parece, a primera vista, menos creíble. Sin embargo, su argumento puede seducir. Adolescente, Tsipras ya es un animal político. Ya lo sabe, confusamente, y siente que debe sacar provecho de cualquier oportunidad. No importa el camino, lo importante es donde se llega. Ingresa al partido comunista griego y, durante sus estudios, se vuelve un miembro activo de un sindicato estudiantil de izquierdas. Luego integra Synapsismos, una coalición de izquierda ecologista cuyos peldaños sube para llegar a ser, en 2006, su candidato en las elecciones municipales de Atenas. En 2008, Tsipras se vuelve el nuevo líder del partido que cambia su nombre por Syriza. Para Tsipras, es una verdadera ganga cuando, dos años más tarde, el PASOK de Andreas Papandréu consigue la ayuda de Europa a cambio de las primeras medidas de austeridad, Syriza recupera sus electores descontentos. Durante la campaña que lo llevará al poder, Tsipras les promete a sus electores que no dudará en oponerse a Angela Merkel. Al mismo tiempo, afirma que Grecia permanecerá en la Eurozona (fuente: Philip Chrysopoulos, « Alexis Tsipras: Who is Greece’s New Prime Minister? », Greece Greek Reporter, 26 de enero de 2015).

Pero, ¿cómo se cree que va a conciliar los dos? ¿Acaso se siente más fuerte que Papandréu? Una vez elegido, no saldrá del euro y se quedará prisionero de un ciclo de negociaciones en las cuales, como lo hemos visto, no dispone de ninguna palanca para hacer frente al trío Merkel-Schaüble-Hollande. ¿Cree sinceramente que podrá imponer sus condiciones a quienes exigen que Grecia capitule sin condiciones? Esto es difícil de creer. Porque, de ser el caso, ¿no habría debido sacar ventaja de los resultados del referéndum del 5 de julio? Para Grecia, nada va a obtener pero sí se puede decir que él ha ganado algo. Por más que exhiba el hecho de no llevar corbata como una señal inequívoca de rebelión contra el establishment financiero – fíjense en lo pueril y pequeño burgués de tal afirmación – ha mostrado que forma no se diferencia de los políticos que mugen en medio del rebaño de los que poco llevan a cabo. Al traicionar la causa que pretendía servir, se ha vuelto respetable. Ha alcanzado las alturas de las que ya no bajará, con tal de que siga traicionando al los pobres y a las clases medias y acepte colaborar hasta el fin del proceso de desmantelamiento del Estado griego. Ya hemos encontrado este tipo de hombre en la vida política francesa, el uno pasando de la acción humanitaria a la política, el otro acusando a un sector financiero “sin cara” para servirlo mejor nada más conseguir el puesto deseado. La traición no es sólo una cuestión de oportunidad. Está inscrita en los genes de los que quieren conseguir el poder disfrazados de outsiders y prometen que con ellos, por fin, la política se volverá más justa y humana.

Muchos optarán, sin duda, por el primer argumento porque no importa la debilidad del protagonista con tal de que, al principio, haya tenido sueños de generosidad. La debilidad humana no mata la esperanza. El fracaso no borra la pureza de la primeras intenciones. Este tipo de fracaso no amenaza el ideal que se mantiene a salvo de la desesperación.

La verdad, prefiero el segundo argumento, aunque, entiéndanme bien, no afirmo nada. Sólo exploro las posibilidades. La segunda versión pone en escena a un hombre fuerte, que tiene la fuerza de la ambición que lo mueve y lo conduce a través de una serie de oportunidades favorables hasta la cumbre. Este hombre obtiene lo que tanto desea mintiendo. Entra en la esfera muy privada del poder y se granjea la confianza de los financieros que tanto denuncia ante las cámaras de televisión. Uno no debe olvidarse de borrar las huellas.

¿Por qué seria imposible esta historia de un hombre con cara de ángel, cínico y abusón, mentiroso y capaz de pedir perdón con une mueca de sinceridad a quienes sirvieron, sin quererlo, su ascenso político? Un hombre muy Bel Ami, muy “Maupassant”, ambicioso pero sin grandeza.

Si algún día, digamos dentro de unos cuantos años, descubrimos un Tsipras (Alexis) en el consejo de administración de la J.P. Morgan Chase, de Goldman Sachs, de Citigroup, de New York Mellon, de la Deutsche Bank, de la Unión de Bancos Suizos o de la Sociedad General, y si descubrimos que ha invertidos sus euros (griegos) en operaciones elaboradas por BlackRock, entonces podremos concluir que la política es el arte de mentir bien a fin de ganar tiempo y proteger a los dioses de la ira de los hombres para obtener, a cambio de esfuerzos hercúleos, un lugar a su lado en el Olimpo.